Tintas comestibles

¿A qué sabe la magia? No era una pregunta que yo esperase responder, pero surgió inesperadamente en el curso de una investigación sobre las tintas empleadas en los rituales mágicos greco-egipcios.

Las instrucciones de muchos papiros mágicos greco-egipcios mencionan tintas que se emplean para escribir o dibujar algo como parte de un ritual: una fórmula especial, signos o figuras mágicas, etc. Sin embargo, en ocasiones las instrucciones de los rituales indican que los textos deben ser ingeridos, es decir, los hechizos se lamen o comen tras ser escritos para que así el su poder pase al practicante ritual.

e.g. Para conseguir una buena memoria: Escribe en una hoja de cincoenrama el siguiente símbolo, escrito con tinta de mirra, y mantenlo en la boca mientras duermes.

GEMF 30, l. 87-89

La idea de que el poder de las palabras se puede adquirir mediante su ingestión no es nuevo. Desde finales del Imperio Nuevo, en Egipto encontramos unas estelas de piedra con representaciones de la diosa Isis y su hijo Horus (cippi), grabadas con narraciones-hechizo sobre cómo el niño Horus, mientras su madre lo mantenía oculto en las marismas del Nilo, fue picado por un escorpión (u otro animal venenoso) e Isis lo curó con el poder mágico de sus hechizos. Los fieles podían disfrutar el poder sanador de las palabras de la estela derramando agua sobre esta, que luego recogían y bebían.

Si quieres saber más, aquí te dejo un enlace a un post de la Universidad de Liverpool sobre los cippi

Los rituales de los papiros mágicos también nos indican que ingerir el nombre del dios era un medio para entrar en comunión y establecer contacto con la divinidad; recordemos que el sacramento de la eucaristía basa la comunión de muchas iglesias cristianas en la ingesta “del cuerpo y la sangre de Cristo” (en este caso, bajo las especies del pan y del vino).

e.g. El encuentro con el gran dios es así: habiendo obtenido la mencionada hierba kentrîtis, en la conjunción [del sol y la luna] que se produce en el Leo, toma el jugo y, después de mezclarlo con miel y mirra, escribe en una hoja del árbol persea el nombre de ocho letras, como se indica a continuación. Y habiéndote mantenido puro durante 3 días antes (de la práctica), ve por la mañana hacia a la salida del sol; lame la hoja mientras se la muestras al astro, y entonces él (i.e. el dios sol) te escuchará atentamente.

PGM 4. 781ss.

Con el fin de estudiar cómo afectaba la particular naturaleza de estos textos a las características de las tintas empleadas para escribirlos, me propuse replicar algunas con ocasión del 20th Annual Conference of the European Association for the Studie of Religions (EASR 2023). Así que aquí os dejo mi experiencia.

  1. Primer problema: reunir los ingredientes

En la replicación de la última receta, a pesar de su sencillez, enseguida me enfrenté al primer problema: identificar los componentes. No sabemos qué planta era la kentrîtis. Aunque unas líneas antes el papiro la describe en detalle, los expertos modernos no han podido ofrecer ninguna identificación fiable. La hoja de persea también plantea problemas. La persea o árbol ished era un árbol sagrado en Egipto para el que no hay una identificación unánime. No obstante, entre las que se han ofrecido, no hay ningún árbol cuyas hojas tengan un olor característico, así que, como alternativa, utilicé hojas comestibles de mi entorno para probar la tinta: una hoja de limonero y laurel –que descarté, porque ambas tienen su propia fragancia y sabor- y una hoja de vid, que fue la opción escogida.

  1. Segundo problema: escasez de datos sobre el procedimiento

En ausencia del jugo de la misteriosa kentrîtis, empleé agua. Aunque la mirra es más conocida como sustancia aromática, el aprovechamiento de sus propiedades puede hacerse de distintas formas, no sólo quemando los granos de esta resina. De hecho, la medicina antigua la empleaba disuelta, como ungüento o bebida. La mirra es soluble en diversos medios líquidos y, molida, se disuelve con rapidez en agua caliente. Como en esta receta se mezcla con el jugo de la kentrîtis y miel, procedí a triturarla en un mortero, disolverla en agua templada y mezclarla con miel (en este caso, miel de castaño). Las cantidades fueron a ojo, porque la receta (como es frecuente en las recetas antiguas) no las detalla. Como el objetivo era producir un fluido que permitiera escribir, añadí sólo el agua suficiente para disolver la mirra y la miel también en cantidad suficiente como para dar a la mezcla una consistencia ligeramente viscosa (pero no espesa). La replicación usando agua en lugar del jugo de la kentrîtis demostró que la miel confiere a la mezcla el espesor necesario para la escritura y el resultado es una tinta color ámbar, translúcida pero brillante, que se seca muy rápidamente al sol.

  1. Triturar la mirra

2. Añadir agua y disolver

3. Añadir miel y disolver

4. Resultado final

5. Pruebas

  1. Explorando la dimensión sensitiva de esta tinta

El último paso de la replicación de esta receta implicaba ingerir la tinta; en este ritual, el nombre que se escribe no se pronuncia, sino que es lamido por el practicante ritual. Tenía genuina curiosidad por su sabor. Esta tinta lleva una importante cantidad de miel (y conservamos rituales en los que el mago se unge los labios para, literalmente, “hacer dulces” sus palabras, e.g. GEMF 30.66), pero desconocía el sabor de la mirra. ¿Sería dulce? ¿A qué sabe la mirra? En el mundo moderno, esta sustancia se emplea, sobre todo, como resina aromática y su sabor no es una cualidad que te venga a la mente cuando piensas en ella. En este sentido, las fuentes antiguas tienen algo más que decir. Los autores, como Dioscórides, destacaban el amargor como una de las cualidades fundamentales de la mirra (“Incluso, en grano pequeño es amarga –pikrá, πικρά-, bienoliente, acre y calorífica”, Dsc., 1.64.3); de hecho, en los papiros mágicos la mirra, en su forma divinizada, es invocada como “la amarga” (he pikrá, ἡ πικρά, PGM IV 1498-1499). Esta cualidad es difícil de identificar en su olor; es un sabor y queda patente si se mastica o consume triturada. Tanto es así, que la miel apenas puede compensar el amargor, aunque sí que sirve para hacerlo tolerable (como cuando añades miel al agua con limón). El sabor, que no es fácil de describir, es tan intenso que la cantidad utilizada para escribir o dibujar un símbolo en una hoja es suficiente para que se note fuertemente en la boca cuando lames la escritura. Quizás utilicé demasiada mirra, pero puedo asegurar que el sabor permanece en la boca durante mucho tiempo.

En cualquier caso, no parece que esto sea casual. En esta práctica, el primer contacto del practicante ritual con el dios era a través de la ingestión de su nombre, que, por medio de esta tinta, adquiría una dimensión sensible muy particular. Como el sabor de la tinta permanece vivo en la boca mucho tiempo después de lamerla, el nombre del dios -y el dios mismo a través de este- se hace presente, igual que un olor puede evocarnos recuerdos o personas ausentes. Este hecho establece una conexión entre el ritualista y el dios, una especie de comunión. Así se comprende que la práctica afirme que, mediante este ritual, el ritualista tiene la capacidad de poder comunicarse con la divinidad.